La otra versión del recuerdo

“-Sí, todo me lo quitaréis, el laurel y la rosa. Lleváoslos, pero me queda una cosa que llevo. Y esta noche, cuando entre en la casa de Dios, brillará intensamente mientras diga mi adiós algo que, inmaculado, meceré en un arrullo, y me lo llevaré para siempre; y es…. mi orgullo.

-Cyrano de Bergerac

Después de muchos meses sin saber el uno del otro, volvimos a hablar en octubre del 2003. Santo Domingo había sido la sede de los Juegos Panamericanos y yo te detallaba mi corta participación en el espectáculo de apertura cuando ya teníamos más quince minutos al teléfono. El ritmo de la conversación era lento, porque buscábamos en la voz del otro, un poco de esa persona que creíamos conocer completamente. Teníamos la tarea de concentra en esa conversación qué había sido de nuestra vida. Resumir casi un año en algunas horas, cuando antes estábamos acostumbrados a contarnos cómo había sido nuestro día en maratónicas conversaciones que se extendían hasta la madrugada.

Ya no vivías en Gazcue, y justo ese año iniciabas una serie de mudanzas que me hicieron perderte el rastro. Saber dónde vivías era el único nexo que tenía contigo después de terminar la relación. Podía pasar frente a tu edificio e imaginar que bajarías a hurtadillas para vernos unos minutos. A ese pensamiento le seguían una serie de recuerdos que sigo encontrando en varias de las esquinas próximas a ese apartamento y que son los momentos más preciados que tengo de la ciudad. Mientras vivías allí y teníamos nuestro primer año de noviazgo, me contaste que tu familia había estado visitando el nuevo apartamento, todavía en construcción, dónde se pensaban mudar. Eso me llenó de miedo. No sólo era la acostumbrada resistencia al cambio. Me sentía incapaz de imaginarte en otro escenario. Porque en ese tiempo, como en años siguientes, nuestro noviazgo tuvo más de relación a distancia, que de noviazgo normal de dos personas que viven en la misma ciudad.

La noche que me diste la noticia de la mudanza soñé que estábamos parados en medio del pasillo que iba de la sala a la habitación del apartamento en Gazcue. Cuando me contaste los planes, el techo, así como las paredes, empezaron a caer por pedazos, como si de un terremoto se tratara. Tú me decías con naturalidad cual sería tu nueva dirección pero yo no podía escucharte por el ruido de la destrucción que a nuestro alrededor sucedía. Yo estaba cubierto de escombros, mi cabeza asomaba entre dos pliegues de granito y me diste un beso de despedida para luego salir por el lugar donde se supone que había una puerta, aunque yo no podía verla.

En nuestra conversación de aquella noche de octubre ya estabas instalada en el nuevo apartamento y me contabas cómo era el lugar y lo mucho que te gustaba. En un giro de tema inesperado, dejaste caer, como quien dice “Va a llover,” que tu novio te había visitado. Eso me llenó de la triada de sentimientos que han vivido muchos amantes y para la cual deberían inventar un nombre: Celos-Rabia-Tristeza. Él había venido desde su país y se quedó en un hotel unos días para conocer tu familia y la ciudad. Me contaste que le habías preparado pasta y que habían estado compartiendo y comiendo en el desayunador y la cocina de tu casa.

Yo te hablaba desde la sala de mi casa y me encontraba sentado en el piso. No tenía inalámbrico o extensión para moverme a otro lugar y me agradaba más hablarte así. Tenía la sensación de que estábamos tumbados en algún lugar conversando en la forma relajada e informal que acostumbran los amigos. Desde el primer momento que empezamos a hablar escuchamos que una emisora de radio hacía interferencia con nuestra llamada. Podíamos oir nítidamente la programación de la emisora. Aunque en un momento quisimos solucionarlo con la habitual fórmula de cuelga que te llamo de nuevo, la necia música seguía ahí. Después de un rato ya no nos molestaba e incluso servía como fondo para los momentos de pausa en la conversación. Aunque esto último nunca lo hemos necesitado, ya que siempre hemos disfrutamos el silencio.

En una coincidencia que todavía no puedo explicarme, en la emisora empezó a sonar “Mi gran historia” de Pavel Núñez. Yo iba a contarte tímidamente lo mucho que me hacía pensarte esa canción cuando tú me pediste que hiciera silencio para oírla juntos. Suspiraste varias veces mientras estábamos así. Al final de la canción tu tono de voz había cambiado y estaba lleno de melancolía. Después de varios minutos de intentar encausar la conversación en algún tema de interés mútuo, nos despedimos sin saber cuándo volveríamos hablar. Yo no tuve valor de preguntarte qué pasaba por tu cabeza mientras escuchábamos la canción. Tenía miedo de que tu respuesta nada tuviera que ver conmigo. Cuando incluyo ese tema en algunos de los playlist del reproductor de audio, me reprocho el no haberte preguntado. Aunque al no hacerlo me protegía de saber si pensabas en la reciente visita que habías tenido.

Cada palabra de la canción me sigue recordando a ti. Recurro a la estrategia de reconstruir ese momento pensando en que obtuve la más favorable de las respuestas. Desarrollo un diálogo en mi mente con otra versión del recuerdo, en el cual me confiesas, al final de la melodía, lo bien que te sentías de por fin compartir conmigo el elemento que, en los últimos meses, más traía nuestra historia a tu cotidianidad. Otras veces la conversación que recreo tiene el final contrario y me dejas, como sucedió en mi sueño, entre los escombros de tu viejo apartamento, con la música sonando de fondo y todo a mi alrededor cayendo interminablemente.

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