Un pasillo interminable

SENTÍ como si me hubiesen dejado en una barca flotando en medio de la nada. En un pueblo abandonado. Sacaron mis maletas hasta el andén, se despidieron con algunos abrazos tímidos e hicieron un gran esfuerzo por exagerar el adiós. Incluso creo que ´mi papá lloraba, por supuesto nadie le creía. Mi hermana menor fue la primera en reconocer que el tren de regreso partía pronto y todos saltaron como locos al vagón, para luego hacer la escena ridícula de agitar las manos por la ventana. Patéticos.

Entonces todo se trataba de mí. Debía ser fuerte, aunque nadie estaba para apreciarlo, así que opté por ser débil, por dejarme vencer. Desdoblé un mapa enorme para guarecerme y evitar que otros reconocieran mi cara de desorientación. Traté de encontrar mi ruta hasta lo que sería mi nueva casa. Decidí dejar la estación lo antes posible. Caminé sola, no podía darme el lujo de preguntarle a nadie, no habría soportado la escena tonta de tener que esperar que la persona hiciera el gesto de mirar hacia arriba y tocarse la barbilla mientras recordaba cómo llegar al lugar sobre el cual yo le preguntaba, o peor todavía, que esa persona no recordara nada en lo absoluto y me señalarán la ventanilla de información. También me olvidé del mapa. De alguna forma debía llegar, sentía un poco de desconsuelo, pero no debía distraerme o demorarme. Me motivaba imaginar que al otro lado del camino estaba mi familia. Los odiaba por haberme dejado aquí, por haberme forzado a venir, y yo estaba dispuesta a cruzar descalza un desierto si era necesario y reprocharles.

Calles sin acera. Caminaba por calles sin acera, los vehículos pasaban a centímetros de mí y yo podía ver al borde del camino todas las aves de mi infancia. El ave cuna. El ave primer babero. El ave primer libro. Ave uniforme de la escuela. Ave centro de la ciudad. Ave primer fin de semana con mis hermanas en casa de la abuela. Ave yo. Ave mi hermano miente cuando dice que va a la escuela.

Atravesé lo que parecía ser el parque principal, donde un grupo de ancianos discutían sobre la necesidad de ahorrar más en la ciudad. Estos hijos de puta seguro que se habrán ahorrado las aceras. Después el edificio de residencias estudiantiles de esta universidad, sobrio, tenebroso, nada podría vivir dentro de esta cosa, pensé. Era un monumento a lo irreal ubicado perfectamente en medio de la gran nada. A medida que me acercaba todo desaparecía detrás de mí, el paisaje cambiaba a unas escalinatas grises, una puerta pesada y un lobby bien cuidado, pero frío. Aunque suene repetitivo tengo que mencionar que bajo cualquier opinión este lobby resultaba muy poco acogedor.

Alguien esperaba por mí. Se trataba del encargado de la residencia, un muchacho quizás de mí misma edad pero de una mirada mucho más apagada y triste que la mía, lo cual es mucho decir. Me entregó dos llaves con números grabados y luego me llevó por una serie de corredores y puertas de metal. Cada cinco pasos iba indicándome para qué servía el cuarto en el que nos deteníamos y a continuación anunciaba el siguiente. Enfatizaba las horas en las cuales se puede hacer menos o más ruido. A cuántos metros del edificio se debía fumar, dónde se encontraban las salidas de emergencia. Se esforzaba en dar cada información con una sonrisa al final, como si dijera algo gracioso, algo gracioso que yo no podía entender. –Aquí están las lavadoras –decía él. –Anjá –respondía yo. –Aquí recibes tus correos y paquetes. –Anjá. Y después de dos minutos yo sólo soltaba Anjá, Anjá, Anjá, a cualquier cosa que dijera. –¿De verdad eres menor de 21? –Oh, no, lo siento, me confundí. Yo estaba perpleja ante su falta de cualquier espontaneidad o vida, tenía la impresión de que había pasado siglos repitiendo las mismas cosas y sólo quedaba en él la caricatura de una persona. Nos detuvimos en frente de mi puerta y mientras yo abría, y como si no hubiese sido suficiente, volvió a repetir las últimas veinte cosas que había dicho, esta vez más rápido, como si hiciera una especie de sumario vital que yo debía recordar. Mi cerebro se protegía y filtraba todo por ese ligero velo de lo efímero, es decir, no presté atención.

¿Le habré dado las gracias? Eso no lo recuerdo bien, sé que cerré la puerta y él todavía seguía hablando al alejarse a través del pasillo. Peter –así dijo que se llamaba- iba repitiendo las mismas cosas, como si estuviera ensayando para la siguiente persona que debía recibir, mientras su voz se iba apagando. Una gran descarga de cansancio y alivio cayó sobre lo que era mi nueva cama. Me quité la ropa inmunda que había vestido por casi dos días. Me acosté boca abajo y desabroché mi sostén al mismo tiempo que respiré profundo y sentí un alivio merecido. Me quité cualquier prenda y las guardé. Me quité el rostro y lo tiré en algún lugar del cuarto, no fue así, la verdad me quedé con la cara pegada al colchón, mirando la luz amarilla que entraba por debajo de la puerta y los labios un poco entreabiertos. Tengo hambre. Fue la primera vez que me di cuenta que podía sentir algo más que miedo o aburrimiento. Entonces pensé que debía salir dispuesta a comer lo que sea. Incluso podría comerme a esos viejos locos que discutían sobre nuevas medidas en la ciudad, habría sido divertido. Eso fue lo último que pensé segundos antes de caer dormida.

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